Llegaba el año de 1810 y había cambio en el trono virreinal. El arzobispo Lizana era sustituido con Francisco Javier Venegas. El virrey iba a lo que iba, a proteger los intereses españoles, de nuevo pidió préstamos forzados y para que la cuña apretara premió a Gabriel de Yermo por lo ocurrido en 1808. La llama encendida por la conspiración de Valladolid fue transferida a la conspiración de Querétaro. Los líderes eran el señor corregidor de la ciudad, Don Miguel Domínguez, y su joven esposa Josefa Ortíz. Entre los miembros figuraban Juan Aldama, los licenciados Laso y Parra y dos individuos que también integraron la conspiración de Valladolid: Mariano Abasolo e Ignacio Allende. Su plan era crear Juntas en las principales ciudades del virreinato, ya establecidas, esas juntas se encargarían de destituir a las autoridades, tomar rehenes a los españoles ricos y tomar todos sus bienes y ya hecho todo esto el gobierno quedaría cómodamente en las manos de los criollos y mestizos, integrando una Junta Representativa como las de España. La fecha para iniciar la operación estaba fijada para el 8 de diciembre del año en curso. En septiembre, la conspiración ya tenía una forma bien delineada. Para reforzarla, Allende invitó al cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, ex alumno, ex maestro y ex rector del Colegio de San Nicolás en Valladolid. Precisamente debido a eso, se empapó de ideas ilustradas y la conspiración celebró su llegada, bueno, no tanto por eso celebraron sino porque era un cura y con eso se podían jalar a la revuelta a grupos más marginados como a los indios y a las diversas castas.
El 15 de septiembre, la conspiración fue traicionada y Doña Josefa avisó a Juan Aldama, que estaba descansando en San Miguel. Más rápido que un pedo antes de salir del cuerpo humano se dirigió a Dolores para dar aviso a Hidalgo y Allende, que ya se encontraban dormidos. Llega Aldama toque y toque, un criado despierta a ambos hombres, le abren a Aldama y comienza el debate. Al padre Hidalgo le fascinaba el chocolate, por lo que encargó para todos. Ya con el chocolate en mano, Aldama y Allende plantearon dos escenarios: Dejar todo de lado y convertirse en prófugos, el otro, adelantar el movimiento. Pasó media hora y tomaron la segunda opción. Era ya la madrugada del 16 de septiembre. Hidalgo se movió rápido, junto con su hermano Mariano, Allende, Aldama, un tipo llamado José Santos y 10 compas más se dirigieron armados a la cárcel local y liberaron a todos los reos. Acto seguido arrivaron a la casa del sudelegado del intendente, le dieron una madrina, lo apresaron y se apropiaron de todo su dinero. Cabe señalar que lo último fue fácil porque unos meses antes el cura Hidalgo le había pedido un préstamo y se fijó astutamente dónde se encontraba la lana. Terminado eso regresaron a la parroquia e Hidalgo ordenó a su campanero llamar a misa. Inmediatamente todo el pueblo se hizo presente afuera de la parroquia y en ese momeno, cuatro de la mañana del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo dió el grito que cambiaría la historia del virreinato de la Nueva España:
SEÑORES...¡¡VIVA NUESTRA MADRE SANTÍSIMA DE GUADALUPE!! ¡¡VIVA FERNANDO VII!! ¡¡VIVA LA NUEVA ESPAÑA!! ¡¡¡¡¡¡MUERA EL MAL GOBIERNO!!!!!
Nótese que NUNCA hizo mención a una independencia del virreinato. En fin, con unos cuantos de hombres el nuevo ejército marchó hacia San Miguel el Grande. Unos cuantos pueblos antes de llegar, entraron en Atotonilco, donde Hidalgo tomó el famosísimo estandarte de la Vírgen de Guadalupe, que se convertiría en la primera bandera verdaderamente representativa de todos los criollos, mestizos, indios y castas, además de que sería el ícono del posterior movimiento de Independencia (Desde el siglo XVII los criollos ya habían tomado a la Vírgen de Guadalupe como símbolo de su nacionalidad). Cuando llegaron a San Miguel, media ciudad se adhirió al movimiento y ayudaron para apresar a los españoles peninsulares y tomar sus bienes. Descansaron un poco y salieron con 50 mil hombres hacia Celaya (Hoy en día medio mundo la conocemos como Cajetalandia), siendo ocupada totalmente e 21 de septiembre. A partir de esta toma, la tradición del ejército de Hidalgo nacería: Ciudad que nos paramos, ciudad que saqueamos y robamos. Hidalgo aceptaba esos métodos debido a que lo consideraba justo después de tanta explotación española y daba la casualidad de que casi la totalidad del ejército estaba conformado por indígenas.
Además, en Celaya se repartieron los mandos. Hidalgo quedaría como capitán general y Allende, teniente general del ejército. Esto molestó a Allende, porque Hidalgo permitía lo antes mencionado y para terminarla de fregar no tenía conocimientos militares ni capacidad de organización castrense. Allende, con su clara educación militar era partidario de suprimir esos saqueos, darles disciplina a los miembros y enseñarles a tirar (porque tenían una puntería paupérrima). Hidalgo desgraciadamente lo mandó a volar y ahí empezaron las interminables peleas entre ellos. Los líderes del movimiento no quitaron el dedo del renglón a pesar de lo que dijo Allende, debido a la calidad religiosa que tenía Hidalgo. Prácticamente era un imán de gente por su hábito sacerdotal. Siguiente paso: Guanajuato.
Guanajuato como sabemos, era una ciudad importantísima para el virreinato. Ocupando esa ciudad, el ejército de Hidalgo tendría al virrey agarrado del cuello. El 28 de septiembre, Mariano Abasolo y otro tipo fueron a decirle al Intendente Juan Antonio Riaño (íntimo amigo de Hidalgo) que rindiera la ciudad. Un día anterior, sabiendo que tarde o temprano los revolucionarios iban a llegar a Guanajuato, pidió refuerzos a San Luis Potosí. Aún así, no entregó la ciudad y aparte le dolió enterarse que se iba a enfrentar a un gran amigo. Abasolo y su acompañante se retiraron para darle aviso a sus compañeros. Riaño, por su parte, ordenó a todo mundo a refugiarse en la Alhóndiga de Granaditas. Se supone que esto le daba tiempo para que los refuerzos llegaran. Los pocos elementos del ejército virreinal se postraron en las entradas y en el techo de la alhóndiga, rifles y pistolas en mano y en posición. Ese mismo 28 de septiembre llegó el ejército de Hidalgo, una de las más ilustres (y sangrientas) batallas de la historia de México comenzaba.
Entre tiros y tiros, parte del ejército subió a los techos de las casa a tirar hondasos contra los soldados que estaban en el techo de la alhóndiga que estaban tirando bombas. Los realistas estaban teniendo bajas por montones y muchos dentro de la alhóndiga estaban a punto de hacer retirada, esto enojó al intendente Riaño que arengó a su gente a regresar a batalla. Sale a un balcón de la alhóndiga a disparar e inmediatamente una bala alcanza su ojo derecho y cae fulminado. Esto dio al traste con la organización del ejército, que ahora estaba completamente diezmado, asustado y con una dirección terrible (el hijo de Riaño apenas si había alcanzado un rango de comando en el ejército virreinal) que decidió seguir luchando que pedir paz. Esto exasperó a un español, que refugiado en una habitación sacó un pañuelo blanco, sin decirle a los líderes del ejército defensor. Inmediatamente el ejército de Hidalgo hizo alto al fuego y se dirigió a la puerta principal. En menos de lo que Joachim Löw se saca un moco para comérselo, el ejército español enfureció con esa bandera blanca y siguió disparando. Los revolucionarios lo tomaron como un deshonor y su furia y crueldad explotó. Entre varios por fin abrieron la puerta y dispararon contra TODO lo que se moviera, incluyendo niños, mujeres, ancianos etcétera. Afuera de la alhóndiga, saquearon tanta cosa de Guanajuato que la dejaron temblando de pavor. Cuando todo acabó, Hidalgo vió el regadero de sangre y una escena espantosa con cientos de cadáveres, se arrepintió de haber sido tan permisivo. Allende estaba que no lo calentaba ni el sol. Al saberse la masacre fuera de Guanajuato, muchos criollos le retiraron su apoyo al movimiento.
Siguiente parada: Valladolid. Antes de llegar muchas victorias se sumaron a los laureles del ejército. Finalmente, el 19 de octubre le calleron a la ciudad y el Intendente de la provincia, como era insurgente, entregó el poblado con todo y pachanga incluída. Aquí empezaron a llamar a Hidalgo "Su Excelencia" y "Alteza Serenísima". Salió Hidalgo con 30 mil hombres más (ya eran 80 mil en total) rumbo a la capital del virreinato, la Ciudad de México, juntando más éxitos. En el trayecto, llegaron al pueblo de Chairo el 20 e octubre e Hidalgo se encontró con su alumno en San Nicolás, el cura José María Morelos. Como Morelos compartía sus ideas, le ordenó crear un ejército en el sur del virreinato. Morelos aceptó encantado. Estuvieron platicando un poco más y se despidieron. El virrey Venegas estaba que el diablo ya se lo iba a coger y envió al general Torcuato Trujillo con 2780 hombres para tratar de detener a Hidalgo. Trujillo e Hidalgo se encontraron en el Monte de las Cruces el 30 de octubre. Inicia la batalla, y con un 80 contra 1, el ejército revolucionario aplastó al español, tomaron casi todo el armamento que dejó el ejército virreinal y le inflingieron 2000 bajas. En la batalla, del lado del ejército virreinal estaba un teniente llamado Agustín de Iturbide.
El ánimo de los insurgentes estaba en las nubes. Solo se colocaban a unos pocos kilómetros de la Ciudad de México. Todo mundo estaba feliz, en un ratito, la Nueva España por fin tendría un gobierno justo. Pero oh sorpresa. Hidalgo tomó la decisión de NO atacar la capital. Se rumoran varias versiones: uno, había temor de enfrentarse al comeinsurgentes Felix María Calleja. Dos, Hidalgo tenía miedo de que se repitiera algo parecido a lo de la Alhóndiga de Granaditas. Tres, se temía de que inmediatamente hicieran prisionero a Hidalgo. Cuatro, amenazas de muerte a toda la familia de Hidalgo. Cualquiera que fuese el móvil, no atacaron México. Esto hizo que la moral del ejército bajara a niveles inframundales y Allende se enfureciera aún más. En el regreso al Bajío, se encontraron en persona con el comeinsurgentes Calleja en Aculco. Calleja los hizo mierda... Miles de bajas, 600 oficiales hechos prisioneros, 12 cañones perididos, al igual que pólvora y cartuchos. Allende explotó, cortó con Hidalgo y se largó de regreso a Guanajuato para defender la ciudad. Hidalgo siguió su camino hacia Valladolid para reforzarse. Pasó el tiempo y el pobre Allende nunca recibió un solo refuerzo, por lo que partió a San Luis Potosí para reunirse con Aldama y Abasolo.
Finalmente, Hidalgo llega a Valladolid, le hacen otro pachangón, se reabastece de lo que fuera y agarra camino a Guadalajara. Llegando a Guadalajara, el 6 de diciembre, abole la esclavitud en toda la Nueva España y conforma un mini gobierno provisional, José María Chico se convierte en ministro de Gracia e Ignacio López Rayón, ministro de Estado. Se quería lograr el establecimiento de un congreso y pedir apoyo a la naciente nación del norte llamada Estados Unidos. Hidalgo sale de Guadalajara ya en 1811 y el 7 de enero se reune con Allende en Puente de Calderón, donde ya los esperaba el comeinsurgentes Calleja. La batalla fue sangrienta y Calleja pulverizó al ejército insurgente. Salieron huyendo hacia el norte (para comprar armas en Estados Unidos y juntar más gente), donde en un poblado todos se unieron contra Hidalgo (porque no aguantaban más su terquedad) y le quitaron el mando del ejército, dándoselo a Allende. Hidalgo ardió de furia y ya miraba a Allende con una cara de te voy a matar cuando tenga la oportunidad. En la reunión, Mariano Jiménez ofreció darles refugio en una propiedad que tenía en el mismísimo norte del virreinato. Antes de llegar al sitio de Don Mariano, el 21 de marzo fueron aprendidos en Acatita de Baján, gracias a que unos traidores fingieron ser comité de bienvenida para los jefes del ejército. Allende, Aldama, Don Mariano e Hidalgo fueron llevados a Monclova y de ahí a Chihuahua para ser enjuiciados por un tribunal civil. Fueron un mero trámite, desde hace meses en las entrañas de las instituciones virreinales ya se sabía la sentencia que recibirían quienes alborotaran el virreinato. Don Miguel Hidalgo fue llevado al poco tiempo a Durango al tribunal de la Inquisición, para su juicio de excomunión. Igual que el juicio civil, el eclesiástico fue mero trámite. Unos días después se realizó la ceremonia de excomunión. Para un sacerdote y para un simple fiel, esa ceremonia es humillante. Primero le raspan literalmente las manos al sacerdote excomulagado para quitarle el poder de consagrar. Después no me acuerdo que pasa, pero al último le cortan y rasgan sus vestiduras sacerdotales. Todo esto, de rodillas ante el obispo. Por medio de documentos oficiales se ha comprobado que Hidalgo nunca fue excomulgado en realidad. Si bien la ceremonia fue encabezada por el obispo, EL JUICIO de excomunión fue dirigido por una autoridad eclesiástica de bajo rango, por lo que no tenía derecho a excomulgar a Hidalgo. Pero, pues pasó lo que pasó.
El 26 de junio fueron fusilados Allende, Aldama y Jiménez. El 30 de julio, con toda la serenidad del mundo, Hidalgo estaba en su celda, desayunando tranquilamente con Ortega, el elemento del ejército virreinal del cuál se había hecho amigo durante su prisión. Hidalgo tuvo un tiempo para encontrarse consigo mismo en la prisión, reconoció sus errores, lloró por algunos, como todo ser humano. Eso sí, nunca se arrepintió de haber iniciado el movimiento. Regresando al 30 de julio, Hidalgo terminó de desayunar y se dirigió junto con Ortega al patio de fusilamiento. Le dio la mano a todos el pelotón y se colocó en posición. Mientras un integrante lo quería colocar de espaldas, como traidor, Hidalgo se resistió y se colocó de frente, con la mano derecha en su corazón. El pelotón disparó a la orden, sin darle a la cabeza. Hidalgo cayó al suelo, todavía vivo, una bala rompió su dedo índice. El pelotón volvió a disparar, Hidalgo estaba pero en un dolor intenso. Finalmente, el jefe del pelotón ordenó el tiro de gracia. Dos elementos se acercaron a un Hidalgo agonizante, apuntaron a su corazón. Temblorosos, los elementos agarraron la onda hasta el cuarto grito de fuego. Hidalgo murió a las 7:30 de la mañana del 30 de julio de 1811... Parecía que el movimiento había muerto de inmediato...
Pieza del post:
Sinfonía número 5 en C menor (1er movimiento) - Ludwig van Beethoven
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